sábado, 8 de septiembre de 2012

ESTER MANN




Crímenes del pasado


Pasaron años, muchos años. Estoy sentada frente a la computadora y me pregunto si debo escribir la historia…Aquella vieja historia cuyos protagonistas están muertos u olvidados y que puede no interesar a nadie.
Me pregunto por qué, para quién. Vivo sola desde hace años, rodeada de fotografías y de dinero que no necesito y que nunca fue el motivo de mis actos.
No escribo para aclarar mis ideas ya que sé muy bien qué pasó, quién fue el culpable, quién pagó los crímenes siendo inocente..
Aún desconozco la razón que me impulsa a rememorar lo ocurrido. Ha pasado tanto tiempo que si alguien llegara a leer esta evocación no sabría siquiera dónde ocurrió.

Fui una mujer común, igual a tantas otras. Creía en la justicia humana, en la buena fe de la gente, en la solidaridad, en la compasión. Estaba segura que había una mínima cordura en las acciones de las personas. Pero por sobre todo creía en mi hermano.Estaba segura de ser para él tan importante como él lo era para mi.
Estábamos muy unidos; aunque él me llevaba cuatro años éramos como gemelos, pero nadie, menos que nadie nuestros padres, lo sabía. Siempre ocupados con los negocios, corriendo de sucursal en sucursal, de una ciudad a la otra, tenían muy poco tiempo para nosotros. Buenas mucamas, niñeras y cocineras eran todo lo que podían darnos, y era mucho más de lo que otros niños recibían. Pero nos teníamos uno al  otro…

Desde pequeños y aunque teníamos cuartos separados, él venía a mi habitación antes de irse a dormir. Era una ceremonia siempre repetida. A veces ni siquiera hablábamos, Pavel entraba, se sentaba en el suelo con la espalda apoyada en mi cama y callábamos. Después de un rato, sin pronunciar una sola palabra, él volvía a su cuarto. Esos momentos siempre fueron la parte significativa del día, puedo afirmar sin exagerar que yo existía para esos minutos. Todo lo que me pasaba, lo que vivía, cobraba sentido cuando se lo contaba a Pavel.
A su debido tiempo tuvimos amigos, novios e incluso, cuando yo tenía 23 años, Pavel se casó con una de mis amigas, Elena, después de haber hablado conmigo y de recibir mi completa aprobación.
Se quedaron a vivir en casa. Nuestros padres les asignaron un dormitorio y cuando nacieron los niños otro más. Elena era una buena persona, un poco cómoda, prefería vivir con la familia y no cargar con las tareas del hogar.
A pesar de los cambios, de los niños, de las obligaciones, Pavel seguía viniendo a mi cuarto todas las noches. A veces cuando Elena ya dormía, otras estando despierta. Ella nos conocía bien y sabía lo unidos que éramos.

Todos trabajábamos en las empresas familiares: restorantes, salones de fiesta, fiambrerías. Se ganaba mucho,  también se gastaba, y todos participábamos en la crianza de los dos niños de Pavel y Elena, los adorábamos.
Pero era demasiada armonía. Después de mucha felicidad surgen los escollos, las dificultades. Vivíamos felices y comíamos perdices, como en los cuentos de hadas  algo debía perturbar tanta alegría. Como en las películas, allí donde termina la historia y aparece la palabra FIN, empieza la realidad.

Pavel empezó a acostarse con una de las empleadas de la fiambrería. Cuando me lo contó, una de las noches en que vino a mi dormitorio, no le advertí del peligro. Entre nosotros dos nunca había existido el consejo, la advertencia, el juicio. Pero tuve miedo…Yo intuía que se estaba produciendo un gran cambio, y aunque no sabía de qué manera, estaba segura que me afectaría también a mi.
Al tiempo, me enteré por los rumores que corrían en el restorante que también Elena tenía un amante. Era un tipo rudo, grandote,  un montañés que había llegado a la ciudad hacía muy poco tiempo. Trabajaba conmigo en la cocina, era muy fuerte, tenía en los brazos y en la espalda tatuajes tupidos al estilo de los marineros y aseguraba haberlo sido. Cuando bebía mucho se reía a carcajadas y parecía perder el control. No se sabía expresar y hablaba poco. Pero, por otro lado, trabajaba bien y rápido, siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás, parecía buena persona.
A mi no me importaba que mi hermano tuviera amantes, ni que Elena siguiera su ejemplo. Para la familia, en nuestra casa, nada había cambiado. A veces me imaginaba  a Pavel y  Reivi trenzados en una pelea y eso me preocupaba. Solo que después de todo, mi inquietud era infundada,  no fue eso lo que ocurrió.
La rutina de nuestras vidas continuó igual por un tiempo hasta que Pavel y Elena decidieron separarse. Esta vez yo me enteré de las novedades junto con el resto de la familia a la hora de la cena. En ese momento cobré conciencia de que hacía semanas que Pavel no venía a mi cuarto.
Mas la cosa no terminaba ahí. Mi hermano  se disponía a mudarse al norte del país con su amante, la que pronto, apenas terminaran los trámites, sería su mujer. Elena se llevaría a los chicos a la casa de Reivi donde vivirían.
Callé, no abrí la boca. Todo mi mundo se había borrado por decisiones tomadas por otros. Y ahora Pavel también era un "otro". Me sentía como si me hubieran robado el corazón. En su lugar había un pedazo de hielo. Un frío cortante me taladraba y amenazaba con matarme.  No pude dormir ni esa ni las noches siguientes. Una y otra vez me preguntaba qué había ocurrido. ¿Acaso Pavel había encontrado un verdadero amor al que decidió sacrificarle todo, incluso a mi? Y Elena que se llevaría a los niños… ¿Acaso ya no sentía ningún afecto por mi? Yo no podía permitir que mi vida, tal como era y como yo quería que siguiera siendo, se vaciara, se convirtiera en tiempo que matar, sin objetivo, sin afectos, sin alegrías…
 Mi cabeza trabajaba a mucha velocidad. Planes iban y venían, los tramaba y los desechaba casi al instante. Hasta que, la cuarta noche vi con claridad lo que debía hacer. No permitiría que otras personas se crearan para sí mundos distintos del mío, que destruyeran lo poco que yo tenía, que me traicionaran sin siquiera darse cuenta. Pavel entendería que yo tambien era ahora parte de los "otros".
En el trabajo busqué la ocasión de hablar con Reivi a solas. Después de decirle que Elena pensaba dejarlo y que debía ir esa noche a hablar con ella, me fui y él se quedó en el depósito llorando como un niño. Siempre había sido un simplón, un perdedor desde la cuna.

Reivi llegó a nuestra casa a medianoche, como le dije, pero todos estaban ya muertos: mis padres, mi hermano, Elena y los dos niños. A todos los acuchillé mientras dormían, solo desperté a Pavel para que viera como hundí la daga en su corazón…
Desesperado, Reivi perdió la cabeza y como lo supuse,  se revolcó en  la sangre derramada, tomó en sus manos el cuchillo criminal, como un loco sacudió los cadáveres, especialmente el de Elena. Cuando llegó la policía  él había enmudecido, los investigadores aseguraron que era probable que el shock lo hubiera vuelto loco.

Yo ya estaba bien lejos…Cuando volví, después de una semana,  me hice cargo de los negocios de la familia. Nunca me casé. Viví mi vida como en un sueño, trabajando, llevando adelante los negocios, viajando, nadie fue mi confidente ni mi amigo durante  estos  largos veinte años. Desde hace dos años, cuando Reivi murió en la cárcel, soy la única sobreviviente de la tragedia y el único ser humano que sabe la verdad.
Termino de escribir la verdadera historia de mi familia y de mi vida y entiendo, por fin, la razón que me llevó a  escribirla. Si muero sin contar los hechos tal como ocurrieron, ¿que sentido tendrá mi vida, qué sentido tendrá mi muerte?
Al alcance de mi mano, al lado de esta crónica, tengo el arma liberadora. Estoy sola y sola he de morir. 


EM(Nurit Ben Shlomo)(Buenos Aires, Argentina, 1941).

Desde 1975 —fecha de su exilio— vive en Israel. 
Publicó en la revista “ENTRELINEAS”, editada por la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana (AIELC), en la antología "Caminos para la Paz
(Corregidor, 2007) y en la revista virtual “ARTESANIAS LITERARIAS”dirigida por Andrés Aldao, de la cuál es Secretaria de Redacción.