sábado, 1 de septiembre de 2012

CLARICE LISPECTOR




“¡Claro…! ¡Escribir es un peso!”

                                                          Clarice Lispector

La publicación de Donde se enseñará a ser feliz (Siruela) de Clarice Lispector resulta un título ineludible para los aficionados a la escritora brasileña. Ahí se recogen diversos textos escritos por ella o sobre ella. Juan Pablo Bertazza destaca algunos de los hallazgos. Por ejemplo, comenta la presencia de Lispector en un congreso sobre brujería en Colombia. Dice:

(…) acaso, la mayor curiosidad que ofrece este volumen ineludible para todo aficionado a la obra de Lispector tiene que ver con su exposición cuando fue invitada al Primer Congreso Mundial de Brujería, celebrado en Bogotá en 1975, año en que Colombia se encontraba en estado de excepción y las fuerzas armadas se habían manifestado contra la realización del congreso. Ahí Lispector –escritora mágica que tenía supersticiones como mecanografiar sus textos contando siete espacios entre los párrafos–- además de hablar de la relación entre literatura y magia leyó el cuento “El huevo y la gallina”, que presentó diciendo: “Si media docena de personas sienten este texto me daré por satisfecha”.

Otro de los grandes hallazgos es una larga entrevista, realizada por Affonso Romano de Sant’Anna y Marina Colasanti en octubre de 1976, probablemente la última que concedió. 

En Radar Libros rescatan la entrevista.


Aquí algunas preguntas:


Affonso Romano de Sant’Anna: Clarice, ¿empezamos con algunos datos biográficos?

Clarice Lispector: Nací en Ucrania, pero ya en fuga. Mis padres pararon en una aldea que ni aparece en el mapa, llamada Tchetchelnik, para que yo naciera, y vinieron al Brasil, adonde llegué con dos meses. De manera que llamarme extranjera es una tontería. Soy más brasileña que rusa, evidentemente.

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿La gente te llama extranjera por el acento?

Clarice Lispector: Por la “erre”. Creen que es acento, pero no lo es. Es el frenillo. Podrían habérmelo cortado, pero es muy difícil ya que es un lugar siempre húmedo, de difícil cicatrización. Ahora ya da igual.

Affonso Romano de Sant’Anna: Y tus primeras lecturas literarias, ¿cuándo empezaron, más o menos?

Clarice Lispector: Cuando aprendí a leer… Bueno, antes de aprender a leer y a escribir, yo ya fabulaba. Incluso inventé con una amiga mía, un poco pasiva, una historia que no acababa. Era lo ideal, una historia que no acabase nunca.

Affonso Romano de Sant’Anna: La amiga pasiva de quien hablas es una amiga imaginaria, ¿no?

Clarice Lispector: No. Era real, pero quieta, me obedecía. Porque yo era un poco líder. La historia era así: yo empezaba, todo era muy difícil, los dos muertos… Entonces entraba ella y decía que no estaban tan muertos. Y ahí volvía todo a empezar… Después, cuando aprendí a leer, devoraba los libros, y pensaba que eran como un árbol, como un bicho, algo que nace. No sabía que había un autor detrás de todo. Luego descubrí que era así y dije: “Yo también quiero”. En el Diário de Pernambuco, los jueves, publicaban cuentos infantiles. Yo no me cansaba de mandar mis cuentos, pero nunca los publicaban, y yo sabía por qué. Porque los otros decían: “Erase una vez y esto y lo otro…”. Y los míos eran sensaciones.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Hay una influencia que parece que tú misma has reconocido una vez, si no como influencia directa, por lo menos como lectura constante tuya, que era El lobo estepario, de Herman Hesse.

Clarice Lispector: Lo leí a los trece años. Me volví medio loca, me entró una fiebre terrible, y empecé a escribir. Escribí un cuento que nunca se acaba y que yo no sabía muy bien cómo hacer, entonces lo rompí y lo tiré.

Marina Colasanti: ¿Rompes muchas cosas?

Clarice Lispector: Ahora he aprendido a no romper nada. Mi asistenta, por ejemplo, tiene órdenes de dejar como esté cualquier pedacito de papel con algo escrito.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Puedes vendérselos a ellos o venderlos, en dólares, a las universidades norteamericanas.

Clarice Lispector: Una universidad de Boston me escribió una vez pidiendo detalles de mi vida. No respondí porque me da mucha pereza escribir cartas. Y había un amigo a quien le dije: “Responde por mí. Di lo que quieras y di que yo estoy de acuerdo”. Después recibí un diploma de Boston. Se me consideraba como parte de la biblioteca de la universidad. Ni sé dónde está eso.

Marina Colasanti: Estabas diciendo que empezaste escribiendo cuentos para niños, y de vez en cuando vuelves a ellos. ¿Es otra actividad paralela?

Clarice Lispector: Sí. Hoy mismo me han entrevistado cuatro niñas de once años del Santo Inácio, con fotografías y preguntas y más preguntas a causa de La mujer que mató a los peces y si era verdad que me gustaban los animales. Dije: “¡Claro! ¡Yo también soy un animal!”. Después se fueron… Me dejaron muy cansada.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: Vimos en Buenos Aires una edición española, creo que de La manzana en la oscuridad, ¿no?

Clarice Lispector: Han publicado casi todos mis libros. Cuando llegué allí me quedé pasmada. He estado este año.

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Y esa gente te paga?

Clarice Lispector: No, nada. A veces pregunto, pero es tan inútil, porque tampoco pagan. Es otro país, es otra cosa, ¡si aquí me pagan mal! ¿Cómo va a ser en otro país? En Argentina se han publicado muchas cosas mías y yo me quedé pasmada cuando llegué, no sabía que me conocían. Dieron un cóctel, treinta periodistas, hablé por la radio, medio teledirigida, porque era todo tan extraño, tan inesperado, que actuaba casi sin saber. Ni noté que estaba hablando por la radio.. Yo qué sé… Una mujer me besó la mano.

Marina Colasanti:¿Y por qué escribes libros infantiles esporádicamente?

Clarice Lispector: Bueno, primero mi hijo Paulo, en Washington…

Marina Colasanti: ¿Cuántos hijos tienes?

Clarice Lispector: Dos. Uno vive con su padre y el otro está casado, Pedro y Paulo Gurgel Valente. Cuando estaba escribiendo La manzana en la oscuridad en Washington, mi hijo Paulo me pidió, en inglés –yo hablaba portugués con él, pero él hablaba inglés conmigo–, que escribiese una historia para él, y le respondí: “Después”. Pero él dijo: “No, ahora”. Entonces saqué el papel de la máquina y escribí El misterio del conejo que pensaba, que es una historia real, una cosa que él conocía. Por esa vez, fue todo. Lo escribí en inglés para que la criada se lo pudiese leer, ya que entonces él todavía no sabía… He preguntado a un médico si es normal tener tantas ideas al mismo tiempo y me ha dicho que todo el mundo las tiene, por eso me pierdo. Ya no sé qué estaba diciendo… ¡Ah! Por esa vez, fue todo. Pasado un tiempo, un escritor de San Pablo, ya no me acuerdo de su nombre, que editaba libros infantiles, me preguntó si yo quería escribirlos o si tenía alguno. Dije que no. De repente me acordé de que todavía tenía la historia del conejo y que sólo había que traducirla al portugués, cosa que hice yo misma.

(…)

Clarice Lispector: No, en absoluto. Porque yo no escribo como catarsis, para de-sahogarme. Nunca me he desahogado en un libro. Para eso sirven los amigos. Yo quiero la cosa en sí.

Affonso Romano de Sant’Anna: Permíteme que te plantee un problema. Sabes que la crítica literaria actual tiene la siguiente teoría: el texto es exactamente igual al sueño, tiene un contenido manifiesto y un contenido latente.

Clarice Lispector: Estoy de acuerdo.

Affonso Romano de Sant’Anna: Entonces, ¿no crees que sería posible que en el inconsciente del texto se localice todo eso? Es decir, hay un cierto nivel del texto que, como en el sueño, escapa al control del soñador…

Clarice Lispector: Sí, escapó del control cuando yo, por ejemplo, supe que la mujer G. H. iba a tener que comerse el interior de la cucaracha. Me estremecí de miedo.

Affonso Romano de Sant’Anna:¿Por qué G. H.?

Clarice Lispector: Porque era ella hablando sobre sí misma, es decir, no se llamaba a sí misma, pero hay un momento en que ella consigue un nombre, puesto que en la maleta estaban las iniciales G. H. Entonces quedó “según G. H.”.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Sabías que Clarice es una bruja tremenda? (risas)

Clarice Lispector: Ah, eso fue un crítico, no recuerdo de qué país latinoamericano, que dijo que yo usaba las palabras no como escritora, sino como bruja. Por eso, quizá, me mandaron una invitación para participar en el Congreso de Brujería de Colombia. Me invitaron y fui.

Marina Colasanti: La única bruja brasileña (risas)

Affonso Romano de Sant’Anna: Pero cuenta tus relaciones con la brujería, Clarice. Si tuvieses que introducir al lector en esos misterios, ¿cuáles serían los datos?

Clarice Lispector: ¡No hay, no hay!

Joao Salgueiro: ¿La idea de la brujería nació del crítico y tú no la desarrollaste?

Clarice Lispector: No, no. No tuvo consecuencias, tampoco me acostumbré al clima de Bogotá, en Colombia. Tenía dolor de cabeza y un día me encerré en el cuarto, sola. No cogía el teléfono, sólo llamaba para pedir comida y bebida. Me parecía muy aburrido. Me aburro fácilmente de las cosas…

Affonso Romano de Sant’Anna: ¿Cómo fue tu presentación allí?

Clarice Lispector: Dijeron que querían un texto mío. Yo no sabía hacer un texto sobre brujería porque no soy bruja, ¿no? Entonces traduje al inglés “El huevo y la gallina”. Pedí a un tipo, cuyo nombre no recuerdo, que lo leyera. El tenía la traducción española. La mayor parte de la gente no sabe qué era lo que se leyó, no entendieron nada. Pero un norteamericano se quedó tan alucinado que me pidió una copia de aquel cuento…

(…)

Marina Colasanti: Clarice, ¿cómo conseguiste conciliar tu personalidad tímida y la carrera diplomática que tenían que seguir?

Clarice Lispector: Lo odiaba, pero cumplía con mis obligaciones para ayudar a mi ex marido. Daba cenas, hacía todo lo que había que hacer, pero con náuseas…

Marina Colasanti: ¿Y escribías paralelamente? Porque la vida diplomática ocupa mucho.

Clarice Lispector: ¡Sí, escribía! Escribía, atendía al teléfono, los niños gritaban, el perro entraba y salía… La manzana en la oscuridad fue así…

Marina Colasanti: La presencia de tus hijos es muy constante en cuentos, notas, pasajes… Has vivido siempre muy unida a ellos, ¿no?

Clarice Lispector: Sí, estoy muy unida a ellos.

Marina Colasanti: ¿Y cómo viven ellos el hecho de que seas escritora? ¿Son lectores tuyos?

Clarice Lispector: No lo sé, nunca se lo he preguntado, pero Paulo habló un día de un cuento mío, así supe que lo había leído. Porque lo que yo era, y soy, principalmente, es su madre, no una escritora. Y debe de ser pesadísimo tener una madre escritora.

(…)

Affonso Romano de Sant’Anna: No sé si será una indiscreción, pero ¿podrías contar la historia de las palomas? Esta historia, en sí, daría un cuento.

Clarice Lispector: Sí, lo daría, pero un cuento fantástico, que nunca sería considerado real. Pero sucedió… fue así: el 1º de enero de 1964, una amiga mía entró en su casa a buscar algo y yo me senté en la escalera a esperarla. De repente, me entró una desesperación tan grande con aquel sol y el agua vacía, el primer día del año, que dije: “Ay, Dios mío, dame al menos un símbolo de paz”. Cuando abrí los ojos tenía una paloma junto a mí. Después fui al cine. Las tiendas estaban cerradas, pero junto al cine Paissandú, en un escaparate, había un plato con cuatro palomas que, al día siguiente, compré. Ahora lo tengo medio abandonado… Pero el tercer hecho fue el más impresionante: yo iba a la ciudad en un día de calor, tomé un taxi y estaba tan cansada, con las gafas oscuras, que apoyé la cabeza en el asiento de enfrente. De repente, noté una cosa entre el ojo y las gafas y miré qué era. Era una pluma de paloma… Después me fui a hacer una visita de camaradería a un amigo mío médico, y le conté la historia. Le pregunté: “¿Cómo te lo explicas?”. El sólo dijo: “Lo que es bueno no necesita explicación…”. Y pregunta: “¿Quieres una pluma de paloma?”. Asustada, le pregunté: “¿Tienes una?”. Entonces él cogió una y me la dio… Otra vez, cuando iba al médico, tomé un taxi que, durante el trayecto, dio un frenazo brusco. Le pregunté al taxista: “¿Qué ha pasado?”. Y me dijo: “Gracias a Dios, he evitado matar a una paloma”. Una historia increíble…

Marina Colasanti: Hace un tiempo atravesabas un período de crisis respecto de la escritura. Es decir, no querías escribir. Habías acabado el libro anterior a la novela que escribes ahora. Decías incluso que tu liberación sería poder no escribir.

Clarice Lispector: ¡Claro…! ¡Escribir es un peso!

Joao Salgueiro: Clarice, esta pregunta es de una periodista: “Eres una intuitiva. Entonces, ¿cómo encaras lo sobrenatural en tu vida?”.

Clarice Lispector: Mira, lo natural es también sobrenatural. No creas que está tan lejos. Lo natural es ya en sí un misterio.