domingo, 12 de agosto de 2012

GEORG TRAKL




"Grodek", de Georg Trakl
Traducción de Juan Carlos Villavicencio


Al anochecer resuenan los bosques otoñales
de mortíferas armas, las áureas llanuras
y lagos azules; arriba el sol
rueda más lúgubre; abrazan la noche
moribundos guerreros, la salvaje queja
de sus destrozadas bocas.
Pero tranquila se recoge en los prados
una nube roja, donde un furioso dios habita,
la sangre derramada, frescura lunar;
todas las calles desembocan en una negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
oscila la sombra de la hermana a través de
            la silente arboleda,
para saludar el espíritu de los héroes, las sangrantes cabezas;
y suaves resuenan en el junco las oscuras flautas del otoño.
¡Oh el más soberbio luto! Vosotros altares de bronce,
la caliente llama del espíritu se nutre hoy de un violento dolor,

los nietos no nacidos.



Grodek
(1914)

[último poema de Georg Trakl]
Traducción de Breno Onetto


Al atardecer resuenan los otoñales bosques
de armas mortales, las planicies doradas y
los lagos azules; sobre ellos esparce el sol
algo sombrío; abraza la noche
a los moribundos combatientes, el salvaje lamento
de sus bocas partidas.

Mas quieto reúnese en los prados
en rojo nubarrón, donde habita un dios en cólera,
la sangre derramada, en frío lunar;
Todas las calles acaban en una negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de noche y estrellas
vacila la sombra de la hermana por la
silenciosa arboleda, para saludar el espíritu de los héroes,
las cabezas sangrantes; y suaves resuenan en los juncos oscuras flautas del otoño.
Ah orgulloso duelo! vuestros metálicos altares,
la caliente flama del espíritu alimenta hoy un violento

dolor, al vástago nonato.




GRODEK


Al atardecer retumban los bosques otoñales
de armas mortíferas, llanuras doradas
y lagos azules, mientras el sol
avanza lóbrego; la noche envuelve
a guerreros moribundos; los lamentos salvajes
de sus bocas destrozadas.

Y sin embargo, la paz reina en los pastos
de nubes rojas; donde habita un Dios furibundo
que vierte su sangre. Está gélida la luna;
todos los caminos desembocan en la negra putrefacción.

Bajo el follaje dorado de la noche y las estrellas
vacila la sombra de la enfermera hacia el bosquecillo silencioso,
para saludar a las almas de los héroes, las cabezas sangrantes.
Suenan apagadas en los cañones las oscuras flautas del otoño.

¡Oh, dolor orgulloso! Tus altares de bronce,
la llama ardiente del espíritu, alimenta hoy un inmenso dolor,

los nietos que no nacerán.