martes, 28 de agosto de 2012

EDGARDO COZARINSKY


Foto de Silvio Fabrikant




(Fascist Lullaby)


Cabezas que la gomina convertía en balas de cañón art-déco, lustrosas, metálicas; pero la fragancia dulzona, vegetal de la misma gomina sugería un atisbo de permeabilidad.
Tal vez, pero un poco abstracto...
Sidra y pan dulce, pan dulce y sidra, y el 17 de octubre el olor a chorizo caliente en las parrillas cercanas a la Plaza de Mayo.
Ya es más concreto, aunque un poco trivial...
Los equilibristas alemanes circulando sobre los hilos de acero tendidos entre la punta del obelisco y la cúpula del Trust Joyero Relojero.
Demasiado privado. ¿Acaso alguien más se acuerda de ellos?
Tibor Gordon, curandero y predicador, ante miles de fieles en su carpa de circo suburbana. (Al mismo tiempo, la iglesia católica, estupefacta, incrédula, veía volverse contra ella al régimen que había ayudado a entronizar.)
Podría ser, pero... ¿Por qué no algo menos excepcional? Las "calles de tango", tal vez...
Él solía acompañarla de vuelta a casa.
Allí, en la penumbra del zaguán, comenzaban los tanteos, los roces, esa prolongación natural de los besos y las caricias que en aquellas tierras criollas había recibido un nombre de tela. (Aun hoy, escribiendo en otro idioma, tan lejos, tanto después, ¿recuerdas la obscenidad que connotaba esa palabra?) Sí. Franela...
Una oreja atenta a la familia que dormía adentro, otra a eventuales pasos en la calle, pasaban así media hora, una hora.
¿Pero acaso Papá no reconocía esas formas palpitantes a través de la cortina de croché de la segunda puerta, cuando en mitad de la noche iba o volvía del baño? ¿Acaso Mamá no seguía los inconfundibles suspiros y jadeos disimulando su aprensión vicaria? Y el Hermanito, ¿no espiaba, descalzo sobre las baldosas del patio, esas sombras desmesuradas, mientras apretaba su sexo incipiente en una espera fraterna?
Él solía acabar en los calzoncillos. Ella sentía, con alivio, con tristeza, que la presión disminuía sobre su vientre: una noche más y todavía virgen, otro paso hacia el matrimonio. Así seguía pensando aún semanas más tarde, cuando él se abrió la bragueta y le murmuró al oído "por favor, por favor", en un tono inesperadamente pueril, mientras le tomaba la mano y la llenaba con un volumen caliente, rígido. Ella vacilaba entre sacudirlo, para ser liberada más pronto, o acariciarlo torpemente para demostrar su inexperiencia. Pero su preocupación real era el vestido nuevo, la liviana tela de verano, el claro estampado que debía salvar de ese horror pegajoso.
Él no quería acabar otra vez en los calzoncillos, pegajoso y frío mientras volvía a casa en el ómnibus, maloliente y pegajoso más tarde, esa misma noche, al desvestirse en el cuarto de pensión para entregarse a la austera promiscuidad de unas sábanas remendadas. No, no quería. Apretando la barbilla contra el hombro de ella se dejaba ir y sentía cómo la mano desviaba el chorro, aumentando así el relámpago final de su exaltación. Se despeinó levemente: la gomina desprendió un polvillo seco, leve, parecido a la caspa, como el metal de la bala de cañón nunca podría descargar en el momento de la detonación, aun cuando fuera enviada al espacio, en llamas, hacia la destrucción.
                                                                                                                                             (1978)



Edgardo Cozarinsky (1939), escritor y cineasta argentino nacido en Buenos Aires. Desde 1974 vive en París y, aunque viaja a menudo, nunca ha vuelto definitivamente a su ciudad natal.
Ha publicado varios ensayos, entre otros Borges en/y/sobre el cine y El laberinto de la apariencia. Como autor de ficción, publicó Vudú urbano (Anagrama, 1985), libro en el que apareció el cuento que aquí reproducimos. Cozarinsky es, además, un destacado cineasta de renombre internacional. De entre su vasta filmografía podemos mencionar Fantômes de Tanger (1997), Le violon de Rothschild (1996), Citizen Langlois (1994), Guerreros y cautivas (1989), La guerre d'un seul homme (1981).