sábado, 25 de agosto de 2012

ANTONIO DAL MASETTO






Hay unos tipos abajo

(fragmento)


Pablo dejó la bolsa del mercado en el piso, abrió la puerta del edificio, la aguantó con la rodilla y cuando estaba por entrar lo detuvieron unos bocinazos y gritos que se acercaban:
—Argentina, Argentina.
El alboroto impresionaba como una larga caravana, pero eran sólo tres autos que venían bajando por la calle Paraguay, con muchachas y muchachos asomándose por las ventanillas y agitando banderas. Cuando pasaron frente al edificio, una rubiecita de voz ronca echó medio cuerpo afuera, estiró los brazos hacia Pablo y le lanzó un beso:
—Argentina campeón del mundo, mi amor.
Pablo los miró irse sin hacer un gesto.
En la esquina, una pareja de ancianos que paseaba un perro se detuvo y los saludó con las manos en alto. Al perro le habían atado una cinta celeste y blanca alrededor del cogote. Los autos doblaron y los gritos y los bocinazos se perdieron por la avenida Leandro Alem. Sobre el puerto, viniendo desde el río, a muy baja altura, apareció un helicóptero y avanzó hacia la ciudad.
Los dos ancianos reanudaron la marcha y al pasar junto a Pablo le sonrieron cómplices. Pablo les contestó con una mueca y entró.
Subió en el ascensor hasta el tercer piso y al meter la llave en la cerradura oyó que detrás de él se levantaba la mirilla del departamento de su vecina Carmen. Evitó darse vuelta para no tener que iniciar una conversación. Vio, en el suelo, un papel doblado que habían deslizado por debajo de la puerta y lo levantó. Era un mensaje de Ana: "Pasé tres veces. La primera a las diez de la mañana. La segunda al mediodía. Ahora son las dos de la tarde. Te estuve llamando todo el tiempo. ¿Dónde te metiste?".
El tono imperativo de la nota lo molestó.
—¿Qué pasa con esta mujer? ¿Me controla los horarios? —dijo en voz alta mientras dejaba la bolsa sobre la mesa.
Estrujó la hoja en el puño hasta convertirla en un bollo, la arrojó al aire y la pateó con fuerza hacia un rincón. La pelotita rebotó en la pared y cayó dentro del cesto de los papeles.
—Gol —dijo satisfecho.
De todos modos, lo primero que hizo fue intentar llamar a Ana. Pero el teléfono, igual que por la mañana, seguía sin tono. Golpeó la horquilla con furia, varias veces, y colgó.
Llevó los comestibles a la cocina, guardó la carne en la heladera, destapó una botella de vino tinto y se sirvió. Se acomodó en el sillón y abrió el diario en la sección deportes. Leyó primero un comentario de Pelé sobre el partido que Italia y Brasil jugarían esa tarde por el tercer puesto. El resto de la sección estaba dedicada a la final del día siguiente, entre Argentina y Holanda: la Selección Nacional había cumplido otra jornada de trabajo en su concentración de José C. Paz, había varios jugadores afectados de anginas, el director técnico César Luis Menotti analizaba el funcionamiento y la dinámica del equipo rival. Una nota titulada "El boom de la bandera" registraba la extraordinaria venta de banderas argentinas en las últimas semanas. Los comerciantes, sorprendidos y faltos de stock, habían tenido que acelerar el aprovisionamiento. Un proveedor declaraba: "Con el Mundial, el argentinismo es un virus que prendió fuerte".
Pablo dejó el diario y pensó en la nota que le habían encargado en la revista sobre la transformación de la ciudad en el último mes. Semana a semana había visto cómo se iba produciendo ese cambio. La gente, eufórica, se había lanzado a las calles cada vez que la selección ganaba un partido. En su nota debería dedicarles un párrafo a la presencia y al entusiasmo de las mujeres. Un fenómeno nuevo. Con el Mundial se habían vuelto expertas en fútbol y participaban a la par de los hombres. La explosión mayor se había producido hacía cuatro días, al clasificarse Argentina finalista con la victoria por 6 a 0 sobre Perú. Después del partido también él había andado por la avenida 9 de Julio y las cercanías del Obelisco. Alrededor del Obelisco era donde derivaban siempre los festejos y se prolongaban hasta la madrugada. Una ciudad de fiesta, caravanas de coches embanderados, bocinas, trompetas, bares llenos y gente abrazándose. La misma ciudad donde desde hacía años la reunión de más de tres personas era vista como sospechosa. Pablo recordó la circular enviada a los medios, firmada por la Junta Militar, con la prohibición terminante de criticar el desempeño de la Selección Nacional y a su director técnico.
Miró la hora, encendió el televisor y trajo la botella de vino desde la cocina. Los equipos de Italia y Brasil ya estaban en la cancha, habían entonado los himnos y ahora, en el círculo central, el referí y los dos capitanes sorteaban los arcos. En ese momento sonó el teléfono. "Por fin se arregló", pensó Pablo. Sin apartar los ojos de la pantalla estiró el brazo y acercó la mesita donde estaba el aparato.
Era Ana.
—Hola —dijo, y permaneció callada.
—Sí, hola —dijo Pablo.
—¿Todo bien?
Titubeaba, parecía preocupada.
—Bien —dijo Pablo.
—¿Seguro?
—Seguro. ¿A qué viene la pregunta?
—¿Alguna novedad?
—Ninguna.
—¿Estás solo?
—Sí. ¿Con quién iba a estar?
—¿Qué estás haciendo?
—Mirando Brasil-Italia.
—Tengo que comentarte algo urgente.
—Te escucho.
—Por teléfono, no.
—¿De qué se trata?
—Después te explico.
—¿Algún problema?
—Voy para allá.
—¿Dónde estás?
—Cerca. En Córdoba y Maipú.
Empezó el partido y enseguida sonó el portero eléctrico. Pablo bajó el volumen del televisor y esperó a Ana con la puerta abierta. Ana le dio un beso rápido, cerró detrás de sí, se quitó el tapado, abrió la cartera, sacó los cigarrillos y encendió uno. Pegó un par de pitadas nerviosas.
—¿Qué pasa? —preguntó Pablo.
Ella buscó un cenicero en la cocina y se sentó en el sillón.
—¿Cuál es el problema? —insistió él.
Ana lo miró fijo a los ojos y dijo:
—Hay unos tipos abajo.
—¿Unos tipos?
—En un auto. Están desde la mañana. Pasé tres veces y no te encontré. Te estuve llamando.
—Tuve que ir hasta la revista por una nota que me pidieron urgente. Además, el teléfono no funcionaba. Se arregló ahora, cuando llamaste vos. ¿Qué hacías por el barrio esta mañana?
Ana esbozó un gesto vago con la mano, como quitándole importancia a lo que iba a decir:
—Fui a ver a una persona, acá a dos cuadras.
—¿Una persona? ¿Qué persona?
Ahora Ana dudó antes de contestar.
—Una astróloga.
—¿Otra más?
—Sí, otra más.
—¿Cuántas van?
—Mil. ¿Y qué hay? ¿Te molesta tanto? Son cosas mías —dijo ella levantando el tono de voz.
La reacción de Ana lo sorprendió. Trató de calmarla:
—No lo tomes así. No dije nada. Hacé de cuenta que no dije nada.
—Sí que dijiste algo.
—Fue un comentario sin importancia.
—Dejame hacer mi vida.
—Está bien.
Pablo se esforzó por sonreír. Se conocían desde hacía más de seis meses y la ingenuidad y la dependencia de Ana ante las predicciones de astrólogos y videntes lo seguían irritando como al comienzo. Se le acercó y estiró la mano para tocarle la cabeza. La intención era acariciarla, pero hubiese podido pegarle.
—Ana, mi amor —dijo sin dejar de sonreír.
Ella se echó hacia atrás con brusquedad:
—Dejame tranquila.
—¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan nerviosa?
Ella se levantó del sillón:
—¿Me oíste o no? Hay unos tipos, raros ahí abajo, en un auto, desde la mañana. A lo mejor están desde ayer. O desde antes todavía.
—Cuando yo salí no vi a nadie. Volví hace media hora y tampoco noté nada.
—Están ahí.
—¿Dónde?
—Cruzando la calle.
—¿Frente al edificio?
—Llegando a la esquina de Reconquista.
Pablo prendió un cigarrillo y fue a pararse ante la única ventana del departamento.