domingo, 22 de julio de 2012

PABLO DE ROKHA





Mordido de canallas, yo fui el gran solitario

Mordido de canallas, yo fui "el gran solitario
de las letras chilenas", guerrero malherido,
arrastro un desgarrado corazón proletario
y la decisión épica de no caer vencido.

Sobre la patria arada de espanto, mi calvario
chorrea sangre humana, y un sol despavorido
me va ciñendo el cuerpo de fuego extraordinario,
como un caballo de oro con el freno perdido.

Irreductible al látigo, salvaje e innumerable,
el instinto social me da el imponderable,
y descubro un subsuelo que el drama humano aprueba.

Con tu recuerdo, al hombro, mi rol específico,
y como andando solo, en ti me identifico,
fundo con tus cenizas una religión nueva.



Ahora yo me acuerdo (fragmento)

Ahora yo me acuerdo de Licantén, orillas del Mataquito,
me acuerdo de la casa aquella, como de polvo, con duraznos, con
membrillos, con naranjos, con un farol, sí, con un farol en la esquina de la noche y con palomas
llorando más arriba del pueblo del sueño,
me acuerdo de la tía Clorinda, oliendo a chicha florida, y de don Custodio y de la Rosa y de la Flora Farías y de la beata doña Rosario y del Oficial Civil y del cura don Liborio, me acuerdo de los chicharrones y de los pigüelos y los causeos de don Vicho, y del poruña Abdón Madrid y de la tonta Martina y del compadre Anacleto y del borracho Juan de Dios Pizarro yJuan de Dios Chaparro,
me acuerdo de las piaras costinas, tan olorosas a cochayuyos y a sentimientos de Iloca,
y me acuerdo de los lagares, ciertamente, de los lagares del buey, arrumados en los graneros, llenos de huevos y herramientas, "entre junio y julio"
y me acuerdo de las botas y las mantas españolas de mi abuelo,
me acuerdo de la media rayada del silabario y de las enredaderas polvorientas de la escuela,
y después, Talca, la ácida, la árida Talca,
la lluviosa ciudad negra, seria, fea y atribulada, de santos de sombra y de aceitunas,
la vieja escuela cluequeando entre los tamarindos,
la vieja escuela primaria, la vieja escuela primaria, y don Tomás, el preceptor don Tomás, sí, don Tomás, el amigo de Dios, y lasbolitas, y el volantín azul arriba de la provincia enmohecida,
aquella gran bronconeumonía y los anchos armarios de carretillas y la vida de Colón, la vida de Edison, la vida deWashington con monitos, 
y los lacrimatorios del mapa-mundi,
y las matitas de poroto y de zapallo creciendo, ardiendo en los extramuros del alma,
los caminos de estatuas, apuntalando un sol cuadrado y polvoso, y los himnos escritos en la piedra, por la oscura mano que nadie conoce, [...]
y después, después, las niñas Pinochet
y las cacerías y las borracheras en la montaña, adentro del espíritu irreparable,
y los versos honestos entre los sembrados, los espinales, los
viñedos y las islas profundas de Pocoa,
que era lo mismo que un causeo de invierno, que era,
y después, el niño inhábil, el confundido, el planetario,
a patadas con los manicomios,
y las cartas lluviosas: "estudia, hijo, las cosechas van
malitas, a la bodega vieja se le cayó el cielo
y a la Chepita un diente, ¿qué te sucede?...
cobra un giro y reza por nosotros, el año inútil, hijo, sí, el año inútil,
tu mamá te manda un pavito, abrazos, ojuelas y charqui de la guitarra,
aquí, ya hay violetas, cuídate, van aceitunas, patitas de chancho, miel, quesitos de cabra, murió el rucio Caroca, tu padre, Ignacio"...