domingo, 29 de julio de 2012

EDGARDO COZARINSKY

Foto: Edgardo Cozarinsky fotografiado en 
Paris por Pepe Fernández, 1974




























La despertó un soplo caliente en la cara, un olor
fuerte que, años más tarde, del otro lado del Atlánti-
co, en otro hemisferio, iba a permanecer en su me-
moria.
Ya antes de abrir los ojos, ese aliento cálido le de-
volvió todo lo que el sueño había postergado: entu-
mecimiento, piernas y pies paralizados por el frío. Ha-
bía dormido envuelta en el pesado capote militar; se
había cubierto con lonas y arpilleras encontradas en
un rincón del cobertizo, y el agotamiento que la ha-
bía derribado inmediatamente postergó también el
asco ante el olor y la suciedad que habían acumulado
esos trapos. Y ahora un aliento animal la despertaba,
y era su calor lo que la devolvía a esa nieve cercana
que unas pocas horas de sueño le habían permitido
olvidar.

Abrió los ojos sin moverse. El ciervo la miraba fi-
jamente. Tenía el pelaje rojizo y jadeaba. Acercaba el
hocico para olerla: primero la cara, luego el pelo; fi-
nalmente se alejó y salió al aire libre. Ella se incorpo-
ró. La puerta de madera del cobertizo había quedado
entreabierta; volvió a ver, ahora bajo el sol débil, in-
deciso de una mañana de enero, la nieve brillante y
en ella las huellas del ciervo, que se perdían entre los
troncos blancos de los abedules, y en esas huellas
manchas rojas, oscuras, de sangre.

Echó a un lado los trapos, la arpillera con que se
había cubierto, y se incorporó. Entreabrió el capote,
deslizó las capas de ropa interior hasta los tobillos, se
puso en cuclillas y orinó. Aliviada, cargó en la espal-
da la mochila y salió al aire helado del bosque. Hun-
día con cuidado las botas en la nieve, evitando la es-
carcha que rodeaba la base de los árboles. A los pocos
metros encontró, tendido, todavía jadeando pero ya
sin fuerzas para alejarse, al ciervo rojo; tenía un flan-
co desgarrado por una dentellada. Qué raro, iba a
pensar años más tarde, cuando esa imagen la visitara
con más tenacidad que cualquier otra: los lobos gri-
ses no dejan escapar una presa antes de acabar con
ella.

El ciervo gemía. Un reflejo compasivo la llevó a
sacar del cinto el cuchillo reglamentario, pero vaciló
en usarlo para aliviar al animal del resto de vida que
agonizaba. Finalmente se alejó. Quería llegar al río an-
tes del anochecer y no tenía idea de la hora.
El río estaba helado y en su parte más estrecha pa-
recía posible cruzarlo con unas pocas zancadas. Pero
ella cargaba unos veinte kilos de lastre cosidos al rue-
do del capote, ya pesado de por sí, y una mochila a
la espalda. Arrojó una piedra sobre la superficie lisa,
luminosa: aunque rebotó sin romper el hielo antes de
quedar inmóvil, no quedó convencida. Buscó con la
mirada algún puente. Lejos, ya cerca de la ciudad, en
una parte más ancha del río, distinguió la sombra ne-
gra, chamuscada de un puente roto, dinamitado sin
duda durante la retirada: aunque sus pedazos se hun-
dían en el hielo parecía posible, aferrándose a ellos,
cruzar el río sin pisar la superficie poco segura. Se pu-
so en marcha en dirección a esa ruina.

Descascarados, ennegrecidos letreros de metal es-
maltado aún declaraban los viejos nombres, hoy can-
celados, de la ciudad: Cieszyn del lado polaco del
puente, C ˇeský Te ˇšín del lado checo, tachados ambos
por una gruesa barra negra; más alto, otro letrero, re-
ciente, aún lustroso a pesar de los impactos de bala,
declaraba el nombre alemán de la ciudad, Teschen, y
en un ángulo el escudo imperial y la inscripción vic-
toriosa: Deutsche Reich. Pero ella no prestó atención
a estas informaciones; las registró sin pensar que años
más tarde las recordaría como datos elocuentes del
momento histórico que había vivido. Pero entonces
sólo le importaba llegar a una meta: Ostrava, de don-
de probablemente aún partieran trenes, trenes donde,
al presentar su salvoconducto, que la declaraba Auf-
seherin en los servicios disciplinarios del Reich, no iban
a rehusarle un lugar en dirección al suroeste, a Brno,
de donde no le sería difícil alcanzar Viena.

La calle principal, o la que supuso tal por su an-
cho, por sus edificios públicos de molduras y atlantes
ennoblecidos por el hollín, por sus comercios atrin-
cherados tras cortinas metálicas, con vidrieras ciegas y
letreros eléctricos apagados, huellas de una pretérita,
suspendida actividad, estaba desierta. Avanzó por la
calzada en medio de un silencio que no hubiese es-
perado encontrar en una ciudad. Un tranvía incen-
diado yacía sobre sus rieles, imponente y anodino
como la carcasa de algún animal prehistórico; en uno
de sus lados permanecía adherido, aún legible, un afi-
che de la opereta Das Land des Lächelns, que se pre-
sentaba, o se había presentado, acaso hasta poco antes,
en el teatro municipal. («El país de las sonrisas»: años
más tarde, ese título le iba a parecer irónico para ese
lugar y esa fecha; en el momento en que lo leyó no
la hizo sonreír.) Lejos, de algún suburbio, asomaban
chimeneas de fábricas pero ningún humo; partículas
de carbón, sin embargo, flotaban en el aire: se habían
ido depositando sin llegar a imprimir puntos negros
en la nieve, más bien disolviéndose hasta conferirle
una pátina de color gris acerado.

Buscaba algún cartel que indicase el camino hacia
la estación de ferrocarril, aunque empezaba a sospe-
char que ningún tren partía ya de la ciudad. Detrás de
la ventana de un segundo piso, vio a una niña con la
mirada perdida en una lejanía indefinida; le sonrió y
la saludó con un movimiento de la mano; no hubo
respuesta, y al observarla más detenidamente advirtió
que sus ojos estaban cubiertos por una membrana
blancuzca.

Tenía frío. Sólo comía, disciplinadamente, un cua-
drado por día de la barra del chocolate vitaminado
reservado para los soldados que evacuaban los restos
de las cámaras de gas. Había dejado las oficinas ad-
ministrativas del campo en la mañana del 25 de di-
ciembre, mientras los pocos oficiales que no lo habían
abandonado dormían sin despertarse entre eructos
con aliento a schnaps, bajo adornos navideños que
habían llegado de Berlín una semana antes, trenzas de
papel dorado para tender entre las ramas de los pinos,
guirnaldas de muérdago artificial (Kunststoff), con ba-
yas rojas, para colgar sobre las puertas, lamparitas de
colores que habían estallado ante la irregular descarga
eléctrica de los enchufes del campo.

Semanas antes había escuchado los primeros ru-
mores sobre el avance del Ejército Rojo. «Antes de
matarte, te van a violar docenas de comunistas y ju-
díos», le había susurrado al oído, riéndose, el cabo
Grudke; «imagínate el olor...» Como había aprendido
a hacerlo siempre que una palabra dicha podía com-
prometerla, ella guardó silencio; tampoco sonrió ni
demostró miedo. Sabía que el cabo tenía las llaves del
depósito donde se almacenaban, entre las bolsas de
arpillera que guardaban el pelo destinado a una fábri-
ca de pelucas y postizos de Munich, otras bolsas más
pequeñas, de algodón, cerradas con un pequeño can-
dado, llenas de dientes de oro. Le clavó los ojos y dejó
aparecer en su boca un atisbo de sonrisa: «Pues si es
eso lo que nos espera, bebamos por nuestra última
Navidad...», murmuró, manteniendo, desafiante, la
mirada en los ojos del cabo, ya alcoholizado. Él abrió
otra botella de Malteser Kreuz. Ella se mojó los
labios mientras él tragaba el contenido del vaso.
                                                                     Más tarde,
incapaz de lograr una erección, Grudke cayó dormi-
do a su lado. Ella se alisó la blusa que él había ma-
noseado y se incorporó. No tuvo dificultad para en-
contrar la llave, atada al cinturón del uniforme del
cabo.

Ahora avanzaba cada vez menos convencida de
haber acertado con el camino que la llevase a la esta-
ción de tren. Llegó a una plaza desierta, que debía de
haber sido la principal de la ciudad, y vio un carro va-
cío estacionado ante una pequeña puerta, a un lado
de una fachada imponente. El caballo, cubierto con
una manta agujereada, resoplaba con dificultad. Se le
acercó y le pasó una mano por el lomo: estaba ca-
liente a pesar del frío; inmediatamente se frotó la cara,
primero una mejilla, luego la otra, contra esas crines
de olor acre que le trasmitieron un poco de calor. Ce-
rró los ojos. Pensó que podía dormirse así, de pie, con
la cara sobre esa almohada viva, palpitante. Dejó pa-
sar unos minutos hasta sentir que los pies, a pesar de
las botas y los zoquetes de lana, al estar inmóviles so-
bre la nieve empezaban a entumecerse.

De ese entresueño la arrancó una voz de hombre.
–Was wollen Sie, was machen Sie hier?
Estuvo a punto de contestar con la imitación del
idish, o más bien de alguna de las variedades de acen-
to idish que había aprendido a imitar de los prisione-
ros, pero inmediatamente recapacitó: el hombre le ha-
bía hablado en alemán, con apenas un dejo de acento
checo.
–Ich möchte nach Ostrau, nach Brün...
–Kommen Sie herein.

El hombre no la invitaba, más bien le daba una or-
den. Pequeño, de barba blanca amarillenta, tan desco-
lorida como su gorro de lana, la condujo, rápido y se-
guro, por pasillos y entrepisos, depósitos atestados de
telas enrolladas, jaulas doradas, sillas tapizadas de pana
escarlata, un farol de cartón, objetos que en un primer
momento le parecieron incongruentes, que sólo más
adelante comprendería que eran decorados y acceso-
rios de teatro. La agilidad de su guía contradecía la
edad que sugería su aspecto. Finalmente llegaron a una
plataforma y descubrió frente a ella una platea apenas
iluminada por las llamas de gas de dos picos, a ambos
lados de lo que ya había reconocido como un escena-
rio. Detrás de ellos aún colgaban telas polvorientas
donde la pintura resquebrajada representaba pagodas,
sauces llorones y un puente corto, color de lacre, so-
bre un río de color turquesa. En medio de las tablas
había un calentador a alcohol y sobre su llama una ca-
cerola y en la cacerola una mezcla cálida, fragante:
aguardiente, clavo de olor y azúcar negra.

El hombre tomó dos tazas de hojalata y las llenó
del grog. Ella le agradeció con una sonrisa, sin hablar.
Por primera vez desde que había abandonado el cam-
po empezó a sentirse segura, paradójicamente frente a
un desconocido, en el escenario de un teatro aban-
donado, tierra de nadie, refugio de una ficción bara-
ta. Aquí, pensó, podría hacer un alto, acaso descansar.

Tres días antes había elegido un pasaporte con la pa-
labra «Jude» estampada en letras góticas por un sello
de goma, cruzando el nombre de Taube Fischbein,
una mujer que había ingresado en la cámara de gas el
mes anterior. Nadie advertiría la desaparición de ese
documento: era ella la encargada de quemarlos todos
los lunes. La fotografía, tomada en tiempos menos
aciagos, mostraba un rostro sonriente; la identifica-
ción declaraba pelo castaño, ojos marrones, como los
suyos. ¿Cómo justificar que, aunque delgada, ella no
pareciera haber sufrido privaciones? Sin excesivo op-
timismo, pensó que podría explicarlo, simulando la
debida vergüenza, por el empleo como judía encar-
gada de la disciplina de algún pabellón: las kapo te-
nían derecho a raciones suplementarias.

Sentados en unos bancos bajos alrededor del ca-
lentador, él le explicó que la mayoría de las líneas de
ferrocarril estaban interrumpidas o circulaban irregu-
larmente, sin horarios fijos, que sólo algunos convo-
yes militares de la Wehrmacht pasaban por la estación
de Ostrava. Él podía llevarla en el carro hasta Brno:
tenía que devolver al teatro de esa ciudad, sin más de-
mora, la escenografía de la opereta que se había re-
presentado en Teschen hasta cinco días antes. A ella
no le pareció absurdo este escrúpulo de puntualidad
en medio del caos: en el campo mismo, muchos em-
pleados, incluso los encargados de vaciar las cámaras
de gas, se empeñaban en respetar las tareas y horarios
cotidianos, y si alguien mencionaba ante ellos el avan-
ce del Ejército Rojo, replicaban indignados que se tra-
taba sólo de rumores, difundidos desde Londres por
la judería internacional.

Ofreció su ayuda para empacar kimonos y abani-
cos, para enrollar telones que sucesivas capas de pin-
tura habían ido dejando cada vez más rígidos, donde
se descascaraban gradualmente paisajes orientales. El
hombre la rechazó con un gesto breve donde se re-
sumía su orgullo profesional («yo sé cómo se hace»)
y la invitó a dormir en uno de los palcos mientras él
se ocupaba de su tarea. Ella se acostó precariamente
sobre dos butacas que colocó lado a lado y, después
de distraerse un momento observando las cucarachas
que circulaban sobre la felpa roja del reborde, se dur-
mió sin que la incomodidad de su posición la des-
velara.

Se vio avanzando por una Viena recordada, que
en el sueño veía próspera y alegre como nunca la ha-
bía conocido, como no lo había sido desde el final de
la otra guerra. Avanzaba en medio de la nieve, sin frío
ni esfuerzo, como si no llevara cosidos al ruedo del
capote militar veinte kilos de dientes de oro. Buscaba
a cincuenta metros del Schottenring al joyero que ha-
bía entrevisto en su infancia, el hombre con quien se
acostaba su madre. Él tenía que reconocerla: la deja-
ba jugar, a ella, la hija de la sirvienta, con collares y
pulseras de fantasía mientras los grandes hacían cru-
jir el diván de la trastienda y del lado de adentro de
la puerta se balanceaba un cartón que anunciaba
MITTAGSPAUSE. Sí, él no podría dejar de comprarle el
botín que le permitiría huir de Europa antes que Eu-
ropa desapareciera para siempre bajo los soviéticos y
los norteamericanos. Ella no entendía de política,
sólo sabía que todos se las iban a arreglar para sobrevi-
vir bajo los nuevos amos, menos ella y los suyos, mar-
cados por un servicio que los judíos no perdonarían.

Ese sueño, impregnado de impaciencia y deseos
tan fuertes que borraban toda angustia, toda incerti-
dumbre, iba a volver varias veces, después de aban-
donar el refugio del palco para subir al pescante del
carro, donde cada barquinazo la despertaba entre ár-
boles blancos, esqueléticos. Entreveía al borde del ca-
mino a individuos, a familias enteras que arrastraban
en la nieve carretillas cubiertas por lonas, cargadas sin
duda con bienes que imaginaban salvar del desastre.
El hombre –en algún momento advirtió que no sabía
su nombre, que se había confiado a un desconocido,
a un grog y a un palco de teatro donde descansar–
azuzaba al caballo sin obtener más que un trote fati-
gado, resoplidos espasmódicos, ninguna energía. Al
anochecer se levantó viento y la nieve empezó a gol-
pearles la cara.

En las afueras de Ostrava durmieron en un establo.
El hombre anudó las riendas del caballo a su brazo de-
recho para despertarse si intentaban robárselo. Cuan-
do ella se despertó, él ya estaba de pie y ponía en la
boca del animal pienso que había descubierto amon-
tonado en un rincón. El caballo masticaba sin entu-
siasmo. Recordó entonces que el hombre había paga-
do por ese precario alojamiento y sin duda también
por ese alimento ya seco; extrajo de un bolsillo ante-
rior la barra de chocolate vitaminado y le ofreció un
cuadrado. Él lo examinó sin ocultar su admiración.
–Schweizer Schokolade!

Y para justificar su reacción buscó en un bolsillo
el resto de una oblea recubierta de chocolate. El pa-
pel anunciaba la marca Olza. Se la mostró riendo. Ese
nombre, que para tantos polacos y checos era el del
chocolate más popular, para ella era sólo el del río he-
lado que había tenido que cruzar entre ambas seccio-
nes de Teschen.
Un sol tímido se abría paso entre las nubes. Ha-
bían vuelto a sentarse en el pescante, el carro había re-
corrido apenas un centenar de metros, cuando de
pronto, sin un gemido de advertencia, el caballo se des-
plomó y el carro quedó ladeado, parte de su carga
desparramada sobre el empedrado. Más sorprendida
que asustada, se incorporó y observó al hombre que
se inclinaba sobre el caballo, le hablaba, lo acariciaba,
finalmente se echaba a llorar sobre él.
Ella no se demoró en ese momento de duelo. Re-
corrió con la mirada el poblado suburbano en medio
del cual se hallaba hasta descubrir una silueta que se
desplazaba rápidamente, pegada a la pared de la vere-
da de enfrente, cabizbaja, sin atender al llanto y a la
muerte que ocupaban el centro de la calzada: una mu-
jer con la cabeza y los hombros envueltos en un chal.
Se le acercó y sin titubear le preguntó en alemán por
la estación de tren. La mujer no alzó los ojos ni ha-
bló. Con la mano indicó una dirección y continuó su
camino. Ella miró una vez más al hombre que llora-
ba sobre el caballo derrumbado. Luego se alejó.
Iba a recordar esa imagen, ante la que sólo se ha-
bía demorado unos segundos, con más nitidez que los
episodios siguientes: la calesita abandonada donde
durmió en las afueras de Brno, primero sentada en un
minúsculo cupé que alguna vez había estado pinta-
do de blanco y dorado; luego, cuando el frío la obligó
a buscar abrigo, en el cilindro central, en medio del
olor a metal herrumbrado y a bosta seca; las horas
echada sobre un banco de madera en la sala de espe-
ra de tercera clase de la estación de tren de Brno, por
donde ningún tren pasaba. De allí quiso desalojarla
el jefe de estación, el mismo que, después de inten-
tar devolverla a la intemperie, se había apiadado y la
había invitado a su casa, un pequeño pabellón de ar-
quitectura fantasiosa edificado a un extremo del an-
dén; la sopa de nabos y repollos que le había servido
su esposa y, sobre todo, el baño caliente que le habían
ofrecido, y que ella vaciló en aceptar por miedo a des-
prenderse del capote donde cargaba toda su esperanza
de porvenir, hasta que finalmente se decidió a sentar-
se en una especie de palangana, en medio de la coci-
na, con el capote visible sobre una silla cercana.
Al alivio de una higiene rudimentaria sucedió el
disgusto de volver a vestirse con prendas sucias, que
ahora picaban sobre la piel limpia, que olían como
antes no lo había advertido. Se preguntó qué la hacía
merecer, por segunda vez, la hospitalidad de desco-
nocidos. No podían tomarla por checa... ¿Simpatiza-
ban con el ocupante alemán? ¿Y si la creían judía?
Mientras la esposa del jefe de estación aceptaba su
ayuda para lavar los platos, oyó por primera vez, en
el alemán aproximativo en que la mujer pronunció
pocas palabras, una que respondió a sus dudas:
–... eine Vertriebene...
Sí, era eso: la reconocían como una fugitiva, y esa
condición importaba más que su identidad registrada
en cualquier documento, más que los poderes en con-
flicto de los cuales quería escapar: ante los ojos aje-
nos, era una mujer que huía y eso bastaba.


                                         Frag. de Lejos de dónde, Tusquets, 2009


EC(Buenos Aires, 1939) en 1974 se instaló en París y, desde 1988, 
alterna su residencia entre Buenos Aires y la capital francesa. 
Cineasta además de escritor, ha dirigido películas como La Guerre 
d’un seul homme.
De su obra literaria destacan los ensayos Museo del chisme y El pase 
del testigo y los volúmenes de relatos Vudú urbano.